En 2017, tras ocho años en dos agencias creativas de Madrid y un año in-house en una marca DTC, volví a Figueres porque mi hermano se casaba y tenía tres semanas libres. No volví. El estudio empezó en el garaje de mis padres con una impresora prestada y una bodega del Empordà como primer cliente.
Ocho años después somos cuatro. Compartimos un taller de 70 m² con suelo de baldosa, una mesa larga, dos ventiladores de techo para agosto y una sola regla: cada página sale de la mesa tras al menos una lectura en voz alta con otra persona en la sala. La regla nos ha salvado de unas tres mil frases malas.
Cobramos por brief, nunca por palabra, porque nos pagan por escribir menos, no más. No usamos IA para borrar, y lo dejamos por escrito en el contrato. Rechazamos encargos cuyo brief es, mirado de cerca, el problema de otra persona con ropa nueva — y lo decimos con educación.
— Marc Trillo Roman